Todo bajo control

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Lo que se puede y no se puede en el trabajo de ser padres y madres

Se espera que padres y madres tengan un control completo de sus vidas y las de sus hijos, pero algunos aspectos claves de esta expectativa son imposibles de lograr. Debido a que no se ofrece la manera de aprender cómo criar a los hijos de antemano, padres y madres nos preocupamos y batallamos cuando parece que no tenemos todo “bajo control”; o cuando el tener todo bajo control implica que seamos rudos con nuestros hijos. Vamos primero a echar un vistazo a las cosas que ningún padre o madre puede controlar completamente:

No tenemos un completo control sobre nuestras vidas.

A nosotros y a nuestros hijos nos pueden suceder cosas malas y las opresiones sociales pueden empujarnos a circunstancias inhumanas. Hay cosas que podemos hacer para tratar de mantener saludables a nuestras familias, pero no tenemos un control completo sobre ello. Hay cosas que podemos hacer para tratar de pagar nuestras cuentas, pero no podemos garantizar que siempre tengamos empleos y que los salarios de la clase trabajadora sean suficientes para cubrir las necesidades. Nos esforzamos por formar buenas relaciones, pero muchos de nosotros no iniciamos este esfuerzo con el apoyo, la información, ni el tiempo necesario para resolver los problemas críticos de una relación. Además, tenemos que enfrentar el racismo, las drogas, la violencia y la dureza del ambiente en las escuelas y la calle. Solos con nuestros hijos, somos vulnerables a las heridas y a dificultades imprevistas. No tiene sentido culparse a si mismos por falta de control. La probabilidad de salir adelante al enfrentar las dificultades ocasionadas por la opresión o algún problema de salud reside en nuestra capacidad para organizarnos junto a otros y hacer lo que sea necesario, pero CON MUCHA AYUDA.

No tenemos control sobre el comportamiento de nuestros hijos.

Pero si tenemos una profunda influencia en ellos. Las maneras en que les amamos, los apreciamos y les tratamos afecta a nuestros hijos en cada momento y durante el resto de sus vidas. Pero esa influencia no significa que podamos controlar cómo se sientan y se comporten. Ni significa que el comportamiento difícil de un niño se deba a que sus padres no estén haciendo un esfuerzo o no estén criándolo de la manera correcta. Nuestros niños están sujetos a dificultades debido a circunstancias que están fuera de nuestro control—su salud, los accidentes, los encuentros imprevistos con personas que no les ven bien, la cantidad de presiones sobre nosotros y los incidentes que nadie pudo haber anticipado. Cuando los niños son heridos por esta clase de circunstancias, sus comportamientos son reflejos de sus temores y es cuando se les percibe como niños ”difíciles”. Esto no es la culpa de sus padres. De hecho, este comportamiento “fuera de la raya” es una señal necesaria que el niño envía para decir que ha sido lastimado y necesita atención. Por más difícil que parezca su comportamiento, nosotros los padres debemos dar gracias de que nuestros niños se nieguen a sufrir en silencio cuando se sienten muy aislados, asustados o enojados como para poder pensar bien.

Para ser francos, a veces los adultos no tenemos control ni de nuestro propio comportamiento. Es una de las sorpresas comunes para padres y madres el encontrarse gritando y golpeando a sus hijos queridos cuando nunca fue su intención lastimarlos. Hay cosas que nuestros hijos hacen que nos sacan de quicio—lloriquear, hacer desorden, pelear, decir majaderías y “contestarnos” cuando nos encontramos tratando de recuperar el control.

Todos tenemos un límite y cuando lo rebasamos, perdemos control sobre nuestro comportamiento. Por lo general, nos convertimos en algo muy parecido a nuestros padres cuando estos se perdían en la reacción.

Finalmente, no tenemos control sobre lo qué otra gente opina de nosotros y de nuestros hijos. Los padres nos esforzamos por tratar de que nuestros hijos cumplan con ciertas medidas–indefinidas–de conformidad, esperando que si se “portan bien” le caerán bien a otra gente. Desafortunadamente, vivimos en una sociedad en la que a los adultos se le enseña a identificar a los niños como “problemas”, “molestias”, “trabajo”, “estorbos” y cosas peores. Esta opinión está bien enraizada y no importa qué tan bien se porte un niño, tales actitudes existen bajo la superficie de muchas personas, en espera de ser despertadas.

Los padres debemos, en representación de nuestros hijos, decidir no atacarlos para complacer a las persona que sólo aceptan a un niño si este se comporta como adulto. Ni el mejor comprtamiento de un niño puede curar esta actitud hostil. Por lo mismo, si su niño o niña está haciendo un saludable berrinche frente a algún pariente que se obstina en que usted se enoje con el niño, simplemente váyase con su niño a otra parte de la casa en donde usted pueda, con tiempo y calma, manejar la situación. El enojarse con su niño porque otra persona así lo desee, no ayudará a aumentar su respeto en si misma, no cambiará la actitud negativa de esa persona hacia su niño y le pone a usted en contra de esa niña o niño que usted ama tanto.

LA META DE DEDICARNOS A SER APRENDICES

Creo que las metas que padres y madres podemos razonablemente fijar son:

  • Disfrutar a nuestros hijos.
  • Aprender algo nuevo cada día.
  • Considerarnos y considerar a nuestros hijos como aprendices.

El decidir que uno siempre está aprendiendo ayuda a quitar algo de la presión interna que guardamos y a quitársela a nuestros hijos. Los aprendices tienen permiso para cometer muchos errores, para pedir ayuda y para no ser expertos en el funcionamiento de las cosas. Y lo mejor de todo, los aprendices tienen permiso para reír (o llorar) cuando su proyecto sale al revés o se descompone frente a los demás. Entendemos que esto es parte del aprendizaje. Si estamos aprendiendo sabemos cómo hacer ciertas cosas; y lo que no sabemos lo estamos aprendiendo de la mejor manera que podemos, aunque a veces nos salga mal. Como padres, una estrategia basada en el principio de “estoy aprendiendo, no controlando”, puede ser inmensamente útil. Sin dejar de intentar, ponga mucha atención a lo que es divertido, lo que es bueno, lo que sale bien. Nuestras mentes se enfocan tanto en las tareas pendientes, que perdemos de vista aquello que nos gusta, aquello que va bien y las pequeñas cosas que aprendemos. Tal vez sea bueno poner una lista en el refrigerador o en el espejo del baño en donde cada día se escriban las cosas que han salido bien para que todos las vean. Algunas familias inician la hora de la cena preguntando a sus miembros “¿Qué fue bien hoy?” para que los niños hablen y que toda la famila escuche sus experiencias.

Dele la bienvenida a los sentimientos de su niño.

Los sentimientos son una parte muy importante en las vidas de los niños y al expresarlos se recuperan de los incidentes difíciles (grandes y pequeños) que les suceden a diario. El llanto, los berrinches y la risa tienen un efecto curador muy profundo en los niños. Al expresar estas emociones larga y tendidamente, los niños se deshacen de los sentimientos que les hace sentir que las cosas no van bien en sus vidas. Ya que terminan de echar fuera esos sentimientos, vuelven a recuperar sus ganas de amar y de ser amados. Ayuda si usted puede acercarse y escuchar mientras pasa la tormenta. Si no puede hacerlo, trate de no criticar, avergonzar, culpar o herirles mientras expulsan los sentimientos de coraje o tristeza.

Encuentre a alguien que le escuche a usted hablar de sus sentimientos.

Nosotros los padres cargamos muchos sentimientos que se nos han enseñado a ocultar como si no existieran. De hecho, a esto de poder ocultar los sentimientos es a lo que se considera “tener la situación controlada”. El problema es que los sentimientos no se ocultan bien para siempre. Nuestras preocupaciones aumentan nuestras frustraciones y nuestro coraje. Cada vez vamos haciendo un esfuerzo más grande para mantenerlos guardados hasta que finalmente se nos desparraman cuando alguna cosa pequeña nos sale mal. A menudo, esto nos lanza en contra de nuestros hijos de maneras que más tarde lamentamos. Encontrar otro padre o madre para escucharnos por teléfono (a una hora acordada) puede hacernos más liviana la carga que nuestros sentimientos representan. Una buena risa, un buen llanto, un buen vocifero quejándonos de todo lo que se espera que hagamos, pueden hacer mucho para aligerar nuestro paso y recordar lo buenos que somos; no importa cuántos errores cometamos o cuántas respuestas no tengamos a la mano en un dado momento.

Vea cuáles son las cosas que no puede lograr y hable con otros sobre ellas.

En la vida diaria de un padre, probablemente surgen por lo menos 50 asuntos que no puede entender. “¿Por qué no puede tu niño ir a cepillarse los dientes solo? ¿Por qué le tiene miedo a la oscuridad? ¿Por qué tu adolescente piensa que eres la persona más fastidiosa del mundo?

El ser sinceros en cuanto a las cosas que no sabemos es una técnica excelente de aprendizaje. Nos hace aprendices activos en búsqueda de información y comprensión. Y está bien también ser sinceros con nuestros hijos y reconocer cuando no sabemos qué hacer. “No sé qué hacer con tu negación a ayudar en la casa. Estoy pensando qué hacer. ¿Podemos hablar de ello mañana? Después de que hable a un par de personas para ver si tienen alguna buena idea…” es una buena manera de empezar a resolver un problema con su hijo.

Consiga ayuda. Se nos ha hecho creer que pedir ayuda es aceptar nuestras debilidades. Sin embargo, hay muchos tipos de trabajos que no se crearon para que los realizara una persona sola. El construir edificios, manejar un supermercado, proveer cuidados intensivos de enfermería y criar hijos son algunos de los trabajos que sólo se pueden realizar bien si varias personas se organizan para lograr una meta común. Cuando dimos a luz a nuestros hijos, no tuvimos ni idea que buscar y conseguir ayuda era parte de nuestro nuevo trabajo como padres. Esto es algo que a menudo aprendemos agobiándonos sin poder lograr lo que queremos, y luego sintiéndonos mal por habernos “rendido” y haber pedido ayuda. Pero cualquier madre o padre con experiencia le puede asegurar que todos necesitamos descanso del trabajo con nuestros hijos, todos necesitamos que otros nos ayuden a cuidarlos, todos necesitamos quien nos ayude a hablar y a pensar sobre los detalles de nuestras vidas como padres y madres. Toda madre y todo padre necesita ayuda, punto.

Mande a volar las expectativas.

Cuando usted llegue al extremo de no poder apreciarse ni apreciar a nadie, mande a volar una expectativa. Deje que la casa sea un desorden por un par de días, semanas, meses o años; no se preocupe si no cocina; deje que los parientes se enojen porque usted no fue a la última fiesta, o tome una siesta durante su hora de almuerzo, aunque hablen de usted los compañeros de trabajo. Usted es quien decide qué es lo que necesita, y qué no. Eso de tener que mantener las apariencias cuando se está tratando de criar hijos, nos impide disfrutar de la vida. Usted tiene permiso de que la casa sea un desorden, sin dejar de sentirse orgullosa de si misma, de su familia y de sus decisiones.

Haga tiempo para actividades de juego que incluyan mucha risa.

A los niños les encanta reír y cuando jugando les hacemos reír (pero sin hacer cosquillas), se llenan de gozo y optimismo. Este gozo y optimismo son contagiosos. El verlos retorcerse de risa y venir corriendo a nuestros brazos buscando nuestra cercanía nos llena de placer a nosotros también. Nuestra agotada reserva de esperanza se reabastece de nuevo. Hay mucho que aprender de los niños sobre cómo en una buena vida hay mucho tiempo para jugar, luchar y retozar en juegos donde los adultos “pierden” pero todos recuperamos el sentido de lo afortunado que es estar vivos.

Si está a punto de explotar, acuéstese un rato en el piso.

Cuando uno se siente derrotado, no se logra el éxito en lo que se hace. Las tensiones de nuestros hijos se enredan con las nuestras en un apretado nudo que es muy difícil de soltar. En ocasiones así, “rendirnos” unos 10 a 15 minutos y acostarnos en el piso, hace que la situación tensa se interrumpa para que tanto nosotros como nuestros hijos intentemos de nuevo con renovadas energías. A veces, hasta nos podemos dar permiso de llorar, porque hacerlo ayuda a desahogar la tensión. A veces, al mirarnos allí tranquilos, nuestros niños deciden que es una buena oportunidad para acurrucarse a nuestro lado. O sentarse encima de nosotros. Una vez que dejamos de esforzarnos tanto por mantener todo bajo control, podemos empezar a notar el presente. Sin tanta presión, es más fácil relajarse y volver a disfrutar los hijos que tenemos.

Por más información de las 5 herramientas de Hand in Hand para padres, lee nuestros libretos Escuchando a los Niños.

Patty Wipfler Patty Wipfler Founder, Program Director, and Trainer

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