El Papel del Miedo en Nuestra Vida

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El miedo es esencial y está en nuestra vida para protegernos. Tan sólo pensemos en los maravillosos mecanismos de nuestro cuerpo para detectar el peligro, reaccionar ante él de manera instantánea y ponernos a salvo. Es el miedo el que nos hace ser cautos, cuidar a los nuestros y pensarla dos veces. Nuestra especie no estaría aquí sin él.

Por otro lado…

…Es cierto también que el miedo puede ser paralizante, y limitarnos de miles de maneras. Impedir nuestro avance, alterarnos el sueño y hasta la alegría de vivir. Es él quien se esconde detrás de la agresión, de la timidez, de la inseguridad, y de muchos de los comportamientos de nuestros hijos que nos vuelven locos.

Es normal sentir miedo a lo desconocido, y por si fuera poco ¡todo es nuevo cuando somos pequeños! Frecuentemente estamos expuestos a nuevas experiencias: Nuevos sabores, texturas, cambios de escuela, ¡y hasta nuevos hermanitos!

Lo que nuestro cerebro requiere

scared-girl-spSomos seres enteramente sociales y, como tales, dependemos del cuidado de los otros para sobrevivir. Los niños saben, de manera instintiva, que necesitan de la atención amorosa de los adultos que los cuidan y que dependen de ellos para cubrir todas sus necesidades, por lo menos en las primeras etapas de la vida. No es casualidad, entonces, que al nacer nuestro cerebro esté diseñado para desarrollarse en sintonía con la conexión que nos ofrecen los adultos que nos cuidan. La necesitamos tanto como comer o dormir, si es que hemos de salir adelante.

Empezamos esta vida así, indefensos. Necesitando que los adultos nos cuiden y nos amen para garantizar nuestro futuro. Y por eso esa conexión es vital. Cuando es robusta nuestra mente puede crecer de manera sana, abriéndose a un sinfín de posibilidades de desarrollo.

Y es por ello que en nuestro cerebro hay una región -el sistema límbico- destinada a ayudarnos a percibir, como lo haría un radar, las señales no verbales y la atención amorosa que nos mandan los demás (nuestros padres, en este caso). Si detecta que todo está bien, le dice al organismo: “Puedes crecer y desarrollarte tranquilo.”

Cuando la conexión no está allí, o cuando se rompe momentáneamente, -si somos muy pequeños y mamá se distrae para contestar el teléfono, por ejemplo- El cerebro se alarma. “¿Estoy bien?, ¿Me aman?, ¿Les importo?, ¿Corro peligro?” Es lo que parece decir.

De manera temporal, pero instantánea e involuntaria, el cerebro se inunda con esa sensación de miedo y corta el acceso a la porción racional -la corteza pre-frontal- y es entonces cuando vemos algunas de las siguientes señales de alarma:

Llanto desesperado, comportamiento desafiante, agresión, retraimiento, pérdida de autocontrol y/o de flexibilidad y de las ganas de cooperar.

No están siendo malcriados, ni manipuladores, entonces. Están pidiendo ayuda. Han perdido temporalmente el acceso a la parte racional de su cerebro.

Y por eso tratar de razonar con ellos en estos momentos es inútil. Tampoco funciona el emplear las prácticas de crianza basadas en infundir miedo tan comunes en nuestra sociedad, como los castigos, las “nalgadas” o amenazas. Con ellas estamos añadiéndole fuego al fuego, y aunque en ocasiones tengamos “éxito¨ momentáneo en detener el comportamiento indeseado, en realidad no estamos solucionando el problema de raíz, que fue el que los llevó a actuar así.

Hand in Hand es especial

La propuesta de Hand in Hand, por fortuna, está basada por completo en la conexión. Todas sus herramientas responden a nuestra necesidad vital de ser escuchados, entendidos y amados y funcionan en conjunto para fomentar una conexión emocional profunda entre las familias. ¿Su secreto? el conocimiento de la delicada manera en la que los seres humanos almacenamos, procesamos y liberamos emociones, como el miedo.

Cuando le damos la oportunidad, nuestro cuerpo sabe justamente cómo deshacerse de esa sensación paralizante de miedo, y de otras emociones que no le sientan bien: Emplea la risa, el llanto, tiembla y hace berrinches, y al hacerlo, expele esas emociones del sistema. Una vez fuera, al terminar esos episodios emocionales -tan intensos a veces- nuestro cerebro vuelve a regularse y adquirimos nuevamente una sensación de bienestar. Podemos aventurarnos otra vez, y explorar un poco más.

Si por el contrario, esas emociones son reprimidas, pueden permanecer en nuestro inconsciente -hasta por décadas- y salir, cuando menos lo esperamos a interferir con nuestras relaciones interpersonales.

El rol que adquirimos entonces, cuando los niños están bajo nuestro cuidado, es el de aceptar y facilitar estos mecanismos naturales, y lejos de lo que nos ha indicado la sociedad por años, no los reprimimos ni condenamos.

En Hand in Hand lo hacemos así:

Promovemos la risa al Jugar Escuchando con nuestros niños, un tipo de juego en el que se invierten los papeles y los adultos llevan la desventaja y también al ofrecerles Tiempo Especial, un ratito limitado donde les damos total libertad de jugar a su manera y seguimos su batuta, mientras nos deleitamos con su presencia.

Cuando lloran, nos acercamos. Nos quedamos con ellos, escuchándolos y “anclándolos” en la tormenta emocional con nuestra atención amorosa. Esto es lo que llamamos “Quedarse a Escuchar” y también lo hacemos cuando hacen berrinches.

Y si, con sus acciones, nos piden un Límite, se lo traemos con prontitud, efectividad, seguridad y compasión. Así los cuidamos y les impedimos que sigan manifestando comportamientos que no funcionan.

Establecemos también Relaciones de Co-escuchas con otros adultos en las que, de la misma manera tan efectiva, -y confidencial- descargamos la tensión emocional que traemos para afrontar los desafíos familiares cotidianos con mayor fluidez.

Para dejar al miedo atrás

Después de usar estas herramientas de manera constante por los últimos tres años he visto a mis hijas vencer miedos, adaptarse a nuevas situaciones, aumentar su auto estima y su sentido de autonomía. He crecido también, en confianza y habilidades y tengo con ellas una cercanía indescriptible.

Las herramientas de Hand in Hand se han convertido en nuestra manera habitual de interactuar y las hemos empleado para afrontar múltiples desafíos: El miedo a nadar, a andar en bici sin llantitas, la ansiedad por separarse de mamá, los conflictos entre hermanas, o entre amiguitos de la escuela, por mencionar algunos.

Con la siguiente anécdota comparto cómo utilicé la herramienta de Quedarse a Escuchar para ayudar a mis hijas a restablecer la serenidad después de un gran susto.

halloween-scares-fighting-fearsHace un par de años, cuando mis niñas tenían cinco y tres años de edad hicimos lo que tantos niños del lugar donde vivimos hacen y salimos a pedir dulces en la “Noche de Brujas” de casa en casa.

Ellas estaban disfrutando de lo lindo cuando de pronto nos acercamos a una casa con decoraciones realistas y efectos de sonido para asustar. El dueño, disfrazado de monstruo, se les acercó y con voz aterradora les ofreció los dulces. Ellas no sabían si mirarlo o alejar la mirada, así que los tomaron y corrieron a la casa siguiente, tan pronto como les fue posible. Pude percibir que la interacción las había puesto muy tensas y les pregunté si estaban bien. Dijeron que sí, así que decidimos continuar.

Al llegar a casa empezaron a pelear, discutiendo sobre quién tenía más y mejores dulces, arrebatándoselos, quitándoles la envoltura y metiéndoselos a la boca sin medida, aunque habíamos acordado que por ser tarde sólo podían comer unos cuantos.

Ignoraron mi instrucción de recoger los dulces del piso, subieron a su cuarto y empezaron a retozar, brincando en las camas, gritando y actuando completamente fuera de control.

Sé que esa no es su naturaleza, y podía intuir lo que podría estar pasando. Con mucha calma me les acerqué y les pedí que vinieran hacia mí. Las tomé de la mano, las miré a los ojos y les dije, “Esa casa las asustó mucho, ¿verdad?”

Me miraron, asintieron y de inmediato irrumpieron en llanto. Lloraron muy fuerte, gritando y moviéndose agitadamente por varios minutos en los que yo utilicé “Quedarse a Escuchar”, con compasión e interés, pero sin interferir, hasta que terminaron de expulsar el miedo que esta experiencia les había generado.

Con mucha más calma, pero aún llorando me dijeron que no querían volver jamás a esa casa en la Noche de Brujas. Cuando al fin terminaron de llorar se les notaba mucho más relajadas y tranquilas. Habían recuperado su sensación de bienestar. Durmieron plácidamente y despertaron a la mañana siguiente como si nada hubiera pasado, dispuestas a compartir y disfrutar su gran tesoro azucarado.

Si quieres unirte al creciente número de padres de familia que están experimentando con estas herramientas al rededor del mundo y dejar atrás, como ellos, miedos grandes y pequeños, descubre los recursos que tiene Hand in Hand para ti.

Marilupe de la Calle, mamá mexicana afortunada de vivir en los Estados Unidos con su esposo y sus dos maravillosas nenas.

 

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